Maestra en un aula de infantil
Sonia Bolandrina, en el aula de educación infantil donde trabaja.

Cada verano vuelve la misma idea: que es el mejor momento para quitar el pañal. Se le suele ver ventajas prácticas —menos ropa, más tiempo en casa, escapes más fáciles de gestionar— y, sobre todo, está la fecha que lo tensa todo: en septiembre muchas criaturas empiezan la escuela infantil, y circula la creencia de que hay que llegar sin pañal. Así que las familias miran el calendario y piensan que ahora, con el verano por delante, es cuando toca ponerse.

El problema es que el control de esfínteres no entiende de septiembres. No es algo que se enseñe ni se entrene: es un proceso madurativo, de base neurológica, que llega cuando el cuerpo del niño está preparado, igual que caminar o hablar. Y cada criatura tiene su ritmo.

Para entender bien cómo funciona este proceso —qué fases atraviesa un peque, qué señales indican que empieza a madurar y cómo acompañarlo sin forzar ni frenar— hemos hablado con Sonia, maestra de Educación Infantil, conocida en redes como Bolandrina

Un proceso que madura, no se enseña

Para empezar por lo básico: ¿el control de esfínteres es algo que el niño aprende o algo que simplemente llega con la maduración?

El control de esfínteres tiene una base fundamentalmente neurológica. Esto significa que el cerebro debe desarrollar una serie de conexiones que permitan al niño reconocer y tomar conciencia de las señales de su propio cuerpo. Este avance forma parte de un proceso madurativo, igual que ocurre con hitos como caminar o hablar; no es algo que podamos "enseñar" en el sentido estricto de provocar que suceda antes de que el niño esté preparado.

Los adultos podemos acompañar el proceso, ofrecer oportunidades, crear rutinas y favorecer un entorno seguro y respetuoso. Sin embargo, la capacidad de controlar esfínteres aparece cuando el sistema nervioso ha alcanzado el grado de maduración necesario. Por ello, cada niño llega a este momento a su propio ritmo. La mayoría adquiere el control entre los 2 y los 3 años, aunque en algunos casos puede prolongarse hasta los 4 o 5 años. Según el DSM-5, guía de referencia utilizada por los profesionales de la salud para diagnosticar distintos trastornos, se considera alteración cuando un niño no controla las heces a partir de los 4 años (encopresis) o la orina a partir de los 5 años (enuresis).

Cuando se intenta adelantar este proceso antes de tiempo, suelen aparecer frustración y dificultades, ya que el niño todavía no dispone de la madurez necesaria para lograrlo. Por tanto, podemos afirmar que el control de esfínteres no se adquiere únicamente mediante enseñanza externa, sino como resultado de la combinación entre la maduración biológica y el acompañamiento respetuoso por parte de los adultos.

Esta realidad, que en ocasiones puede parecer únicamente teoría, se hace muy visible en la práctica diaria. Cada año observamos cómo los niños de un mismo grupo alcanzan este proceso en momentos muy diferentes. Hay cursos en los que algunos niños llegan al aula de dos años habiendo dejado ya el pañal durante el verano; otros lo consiguen al finalizar el primer trimestre y otros no lo hacen hasta final de curso. En ocasiones varios niños coinciden en los mismos días, mientras que en otros casos el proceso es mucho más gradual y puede haber meses de diferencia entre unos y otros. La experiencia nos demuestra que no existe un único momento válido, sino distintos ritmos madurativos que deben ser respetados.


Las cuatro fases y las señales

Para una familia que no sabe por dónde empezar, ¿cómo explicarías el proceso de forma sencilla? ¿Y qué señales reales pueden observar para saber que su hijo está preparado?

Es un tema que siempre abordo al inicio del curso en el aula de 2-3 años, ya que suele generar bastante preocupación entre las familias. En cuanto observan que algunos niños de la misma edad ya no llevan pañal, es normal que comiencen a preguntarse cuándo llegará el momento de su hijo. Por ello me gusta tratarlo desde los primeros días y transmitir tranquilidad. Lo más importante es explicarlo de la forma más sencilla posible. Para ello describo cuatro momentos clave que nos orientan sobre la fase en la que se encuentra el niño:

DESPUÉS. El niño empieza a darse cuenta de que se ha mojado después de hacer pipí y puede expresarlo verbalmente diciendo "pipí", o bien observamos que se toca el pañal.

DURANTE. Reconoce la sensación mientras está ocurriendo y también puede nombrarlo o comunicarlo.

ANTICIPAR. Nota que va a hacer pipí, aunque muchas veces todavía no le da tiempo a llegar al baño.

CONTROL. Reconoce la sensación con suficiente antelación como para llegar a tiempo al baño.

Estas fases nos ayudan a entender que el proceso suele ir desde tomar conciencia de algo que ya ha ocurrido hasta poder anticiparse a ello. Las familias suelen agradecer mucho esta explicación tan sencilla, y cuando familia y escuela comparten esta misma mirada, podemos acompañar al niño de manera coherente, yendo todos "a la par".

También considero fundamental cómo viven los niños este proceso. La manera en que los adultos reaccionamos ante los escapes influye enormemente en cómo ellos se sienten. Cuando recuerdo experiencias en escuelas donde estos procesos no se respetaban, era frecuente ver niños angustiados, con expresiones de vergüenza o culpa, e incluso algunos empezaban a tener escapes con más frecuencia debido a esa presión. Sin embargo, cuando se vive con normalidad, los niños actúan de manera completamente natural. Expresiones como "Sonia se ha mojado la braguita" reciben respuestas tranquilas: "Vale, vamos a coger tu bolsa para cambiarnos". Incluso muchos niños terminan yendo ellos mismos a buscar su ropa de cambio con total normalidad.

En cuanto a las señales, algunas de las que se observan con más claridad en el día a día son mantener el pañal seco durante periodos más largos (2-3 horas), empezar a sentirse incómodo cuando está mojado y pedir que le cambien, mostrar interés por el baño o por lo que hacen los adultos en él, avisar cuando tiene ganas, expresar que no quiere ponerse el pañal e incluso quitárselo por iniciativa propia. Son orientativas, no una lista de requisitos que deban cumplirse todos ni al mismo tiempo. Algunos niños verbalizan muy pronto lo que sienten; otros lo expresan a través de sus acciones. Lo más importante es observar si están desarrollando conciencia sobre las sensaciones de su cuerpo.

A veces lo vemos en pequeños gestos cotidianos, como niños que se sientan directamente en el baño con el pañal puesto porque han observado hacerlo a otros. También lo viví de cerca con mi hija pequeña: llegó un momento en el que quería ponerse el pañal ella sola, lo colocaba sobre la cama, se sentaba encima para intentar ponérselo y solo pedía ayuda para abrocharlo. Poco tiempo después empezó a rechazar directamente el pañal y a ir sola al baño sin que nadie se lo recordara. Tuvo algún escape, pero fueron muy pocos, porque aproveché ese momento en el que mostraba una iniciativa clara.


Cómo acompañar en casa

Cuando esas señales aparecen, ¿cómo se puede acompañar de forma práctica en casa?

Podemos acompañar el proceso de forma sencilla, natural y sin prisas. Por ejemplo, implicar al niño en pequeños pasos, como elegir su propia ropa interior o participar en la elección de un orinal o un adaptador. También ayuda hablar con naturalidad sobre el uso del baño o permitir que nos acompañen y observen con normalidad cuando vamos, poniendo palabras a lo que ocurre. Y aprovechar momentos tranquilos en casa para preguntarle si le apetece estar un rato sin pañal, siempre como una invitación y no como una obligación.

Algo que conviene tener en cuenta es que los pañales actuales son muy absorbentes y están diseñados para que el niño se sienta cómodo incluso cuando ha hecho pipí. Esto tiene muchas ventajas, pero también puede hacer que algunas sensaciones corporales pasen más desapercibidas. Por eso, cuando observamos señales de preparación, ofrecer pequeños tiempos sin pañal en un entorno relajado puede ayudarles a conectar mejor con lo que ocurre en su cuerpo. Si se escapa el pipí, lo importante es acompañarlo con naturalidad, sin reproches ni dramatismos.

No existe una única manera de vivir este proceso, y muchas veces son ellos mismos quienes nos van mostrando cuándo están preparados. Me ha ocurrido, por ejemplo, que algunos niños, una vez controlan el pipí durante el día, empiezan a darse cuenta de que el pañal de la siesta permanece seco y son ellos quienes piden dejar de usarlo. Hace poco, a una niña de este curso, después de varios días sin mojar el pañal durante la siesta, le comenté: "A lo mejor ya no hace falta ponerte el pañal y así dormirás más cómoda". Dos o tres días después fue ella quien me dijo: "Sonia, ya no hace falta que me pongas el pañal". Son pequeñas situaciones que nos muestran cómo, cuando se sienten preparados y acompañados con confianza, los propios niños van tomando conciencia de sus avances.


Ni forzar ni frenar: los dos errores

¿Qué cosas, aunque se hagan con buena intención, suelen entorpecer el proceso? Y en concreto, ¿qué pasa cuando se fuerza "quitar el pañal en verano" para llegar a septiembre?

Los adultos actuamos con nuestra mejor intención, pero algunas estrategias muy arraigadas pueden dificultar el proceso sin que nos demos cuenta. El verdadero reto consiste en cambiar la mirada: pasar de "entrenar" al niño para que consiga algo rápido, casi como una carrera, a acompañarlo respetando su proceso madurativo.

De todas las estrategias que conviene revisar, quizá la más importante sea intentar adelantar el momento cuando el niño todavía no está preparado. En estos casos es frecuente que aparezcan rechazo al baño, frustración o incluso aparentes retrocesos. También conviene ser cautos con los premios, ya que pueden transmitir el mensaje de que conseguirlo depende únicamente de su esfuerzo: si el control tiene una base madurativa, puede ocurrir que el niño no lo logre a pesar de poner toda su voluntad, y eso genere frustración, incapacidad o culpa. Del mismo modo, las comparaciones con hermanos, primos o compañeros suelen aportar más presión que ayuda.

Me ha ocurrido muchas veces que algunas familias, al observar que el niño mostraba interés por sentarse en el orinal, han empezado a ofrecerlo con mucha frecuencia e insistencia. Cuando el niño siente que deja de ser una iniciativa propia y pasa a ser algo forzado, puede aparecer el rechazo. Recuerdo algún caso en el que, tras esa insistencia en casa, el niño empezó también a rechazar el baño en la escuela, incluso cuando antes, llevando todavía pañal, pedía sentarse por iniciativa propia. Lo más importante fue transmitir calma a la familia y dejar de ofrecer constantemente el baño. Al reducir la presión, poco a poco volvió a mostrar interés, y cuando aparecieron señales claras el pañal pudo dejarse sin angustia.

En cuanto al verano, es cierto que ofrece algunas ventajas prácticas: llevan menos ropa que cambiar, los escapes se gestionan con más facilidad y muchas familias disponen de más tiempo. Pero el verano por sí solo no hace que un niño madure. Cuando se intenta adelantar el proceso antes de tiempo, lo que ocurre en la práctica es que aparecen muchos más escapes, más recordatorios constantes de ir al baño y, en ocasiones, frustración tanto para el niño como para los adultos. Por el contrario, cuando se espera a que aparezcan las señales, todo sucede de forma mucho más fluida: no desaparecen los escapes, porque forman parte del proceso, pero suelen ser menos frecuentes. Será el momento madurativo de cada niño el que marque el ritmo, y no la estación del año.

Y al revés: cuando el niño está preparado, da señales claras, pero en casa se decide esperar por dudas, comodidad o inseguridad, ¿qué impacto puede tener?

Retrasar el proceso cuando el niño ya muestra señales claras puede hacer que se pierda un momento de gran motivación. No significa que ocurra siempre ni que el resultado tenga que ser negativo, pero en algunos casos el niño puede perder parte de ese interés o de la confianza que estaba mostrando, e incluso verse afectada su autoestima.

Recientemente viví un caso en el que los padres acababan de separarse. Aunque el niño llevaba varios días mostrando señales muy claras de preparación, valoramos la situación familiar con prudencia para no precipitarnos. Sin embargo, en lugar de aplazar el proceso por completo, decidimos acompañarlo de manera gradual: por las mañanas en la escuela y algunos ratos en casa permanecía sin pañal. Durante la primera semana hubo algunos escapes, algo totalmente esperable, pero el proceso evolucionó muy bien y el niño terminó adquiriendo el control sin dificultades. No podemos saber qué habría ocurrido si se hubiese esperado más por la separación. Es verdad que este tipo de situaciones no suele considerarse el momento más idóneo para iniciar cambios, pero en este caso el niño parecía necesitar que acompañáramos un proceso que su propio cuerpo ya estaba reclamando. Lo vivió de una forma muy positiva, porque recibió el mensaje de "eres capaz".

He acompañado también otros casos en los que las familias, por inseguridad o miedo a equivocarse, dejaron pasar ese momento de motivación e iniciativa. En algunos apareció después un mayor rechazo al proceso y, en otros, más irritabilidad emocional. A veces ocurre que el niño empieza a quitarse el pañal por iniciativa propia y el adulto, sin interpretar esa señal, vuelve a colocárselo diciendo: "No te lo puedes quitar". En esos momentos, el control de esfínteres deja de vivirse como un logro propio y empieza a generar resistencia.

La clave está en encontrar un equilibrio, aunque no siempre es fácil, sobre todo en las familias, donde la experiencia suele limitarse a uno o dos hijos. En las escuelas contamos con la posibilidad de observar muchos procesos distintos a lo largo de los años. Por eso considero importante evitar tanto precipitar el proceso por las expectativas de los adultos como retrasarlo cuando el niño muestra con claridad que desea dar ese paso.


Septiembre, el cole y la falta de medios

Muchas familias viven con ansiedad la llegada de septiembre porque "en el cole piden el pañal quitado". ¿Cómo es esto realmente? ¿Qué le dirías a una familia que está en ese punto?

Es normal que esta situación genere tensión y ansiedad. Acercarse a septiembre pensando que el niño no podrá empezar el colegio sin pañal suele vivirse con estrés. En mi opinión, el problema no es tanto que el niño pueda tener algún escape durante el proceso, sino que muchos centros no cuentan con personal suficiente —como la figura del Técnico de Educación Infantil— para atender estas situaciones de forma adecuada. Cuando esto ocurre, en ocasiones son las propias familias quienes tienen que acudir al colegio a cambiar al niño.

Y creo que eso es lo que realmente puede afectarles. Si un niño tiene un escape y un adulto de referencia puede cambiarlo con tranquilidad, probablemente no suponga un gran problema. Pero esperar mojado hasta que llegue un familiar puede generar vergüenza, inseguridad y malestar, afectando a su autoestima y a cómo vive este aprendizaje.

Por ello considero que la figura del Técnico de Educación Infantil sigue siendo muy importante también en el segundo ciclo de Infantil. En Aragón no todos los centros cuentan con este apoyo, ya que depende de presupuesto, ratios o necesidades valoradas oficialmente. Quiero aclarar que mi experiencia profesional se centra en la etapa de 0-3 años, así que no puedo decir mucho más sobre una etapa en la que no estoy dentro día a día. Por eso mi pequeño llamamiento va dirigido a la necesidad de seguir cubriendo apoyos como esta figura, para que las compañeras del ciclo de 3-6 años puedan acompañar a los niños de forma respetuosa. Mientras tanto, lo más importante es transmitir calma a las familias y acompañar la retirada del pañal desde la confianza, evitando que el niño lo viva como una exigencia.

Ahora que se habla de bajar las ratios, ¿eso por sí solo cambia algo en este tema, o el problema va por otro lado?

La bajada de ratios ayuda, en términos generales, a un acompañamiento más respetuoso, aunque no es lo único que influye. Tener menos niños por educadora permite una atención más individualizada y adaptarse mejor a los ritmos de cada uno. Con las ratios actuales, muchas veces es necesario organizar rutinas más marcadas para el uso del baño, simplemente por gestión del grupo; cuando el número de alumnos es menor, es mucho más fácil respetar el momento de cada uno.

Contar con pareja educativa supone además una mejora muy significativa. Cuando hay una sola educadora, si un niño necesita ir al baño y este no está dentro del aula, a menudo se termina organizando el desplazamiento en grupo por seguridad. Con dos profesionales, una permanece con el grupo mientras la otra acompaña de forma individual al niño, sin interrumpir el ritmo del resto. También influyen factores estructurales como la infraestructura: si el baño está integrado en el aula o alejado, o si hay espacios adecuados para el cambio y la higiene. Todo ello condiciona directamente la posibilidad de acompañar estos momentos con naturalidad.