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Cristóbal Colón dedicó su vida a demostrar que nadie debería quedar al margen y que una persona necesita algo más que cuidados o entretenimiento: necesita sentir que lo que hace importa. La historia de La Fageda conecta así con una tradición educativa que, desde Montessori hasta Makárenko, entendió el trabajo, la autonomía y la responsabilidad como caminos hacia una vida con sentido.
El jueves murió Cristóbal Colón, a los 77 años. No el navegante, claro -el nombre fue una broma de su padre-, sino el psicólogo aragonés que en 1982 salió de un hospital psiquiátrico de Salt acompañado de la terapeuta Carme Jordà y de una quincena de pacientes, sin ninguna inversión y sin tener todavía claro lo que iban a hacer, y acabó levantando La Fageda: una cooperativa de yogures en plena Garrotxa que hoy da trabajo a más de ochocientas personas, muchas de ellas con trastorno mental grave o discapacidad intelectual.
La historia se cuenta en las escuelas de negocios como una proeza empresarial, pero para Colón el éxito y el dinero siempre fueron un medio, no un fin. Repetía que en La Fageda no se dedicaban a hacer yogures, que podrían haberse dedicado a cualquier otra cosa, sino a mejorar vidas. Y la manera en que entendía ese "mejorar vidas" se parece mucho a unas cuantas ideas que la pedagogía ya había puesto sobre la mesa hace un siglo.
Antes de fundar La Fageda, Colón había trabajado de celador en los manicomios de Zaragoza, Martorell y Salt. Lo que vio allí lo marcó. Eran sitios de aislamiento donde, con el tiempo, el encierro acababa borrando la dignidad de las personas. Vio también lo que se les ofrecía a los internos para "tenerlos ocupados": tareas inventadas, actividades sin destinatario, ocupaciones de mentira que no iban a ninguna parte. Estaba convencido de que así no se mejoraba la vida de nadie. Hacía falta trabajo de verdad, útil para otros, con un producto que alguien quisiera comprar y por el que se cobrara un sueldo.
Esa distinción entre mantener a alguien entretenido y darle algo que tenga sentido es justo la que había defendido Antón Makárenko en la Unión Soviética de los años veinte. Makárenko se hizo cargo de colonias llenas de niños y adolescentes que la guerra civil rusa había dejado huérfanos, en la calle, muchos con historias de delincuencia a cuestas. Chavales que el resto de la sociedad daba por perdidos. Él rechazó las dos respuestas fáciles: ni el castigo ni la lástima. Montó comunidades organizadas alrededor del trabajo colectivo, y no de un trabajo simbólico. En la comuna Dzerzhinski los jóvenes llegaron a fabricar taladros eléctricos y, más tarde, cámaras fotográficas que se vendían de verdad. No estaban haciendo manualidades terapéuticas para pasar el rato. Estaban produciendo cosas que el país usaba, y eso cambiaba cómo se veían a sí mismos.
María Montessori había empezado por un camino parecido unos años antes. Se olvida a menudo que su trabajo no arrancó en una escuela acomodada, sino con niños a los que las instituciones médicas de la Roma de entonces habían etiquetado como "deficientes" y dado por imposibles. De ahí salió buena parte de su método. Cuando por fin abrió la primera Casa dei Bambini, en 1907, insistió en algo que entonces sonaba raro: que el niño no necesita que lo distraigan, necesita trabajar. Trabajo con sentido, con un propósito real. Verter agua de verdad, limpiar de verdad, ocuparse de algo que importa. El adulto no está ahí para entretener, sino para observar y poner a su alcance tareas con las que pueda sentirse capaz. Ayúdame a hacerlo por mí mismo, resume la idea mejor que cualquier tratado.
Colón, Makárenko y Montessori no se conocían ni pertenecían al mismo mundo. Un psicólogo español, un pedagogo soviético y una médica italiana. Pero llegaron, cada uno por su lado, a las mismas convicciones.
La primera fue que aunque la sociedad aparte a quienes parecen no encajar -por edad, por enfermedad o por falta de recursos- nadie merece ser dejado al margen. Montessori lo vio en los niños dados por imposibles, Makárenko, en los huérfanos de la guerra, Colón, en quienes salían de un psiquiátrico sin un sitio al que volver. En los tres casos el punto de partida fue el mismo: estas personas no sobran.
La segunda, que va pegada a la primera: que todos necesitamos realizar una actividad a la que encontremos un sentido. Un trabajo que alguien necesite, un producto que salga de sus manos y llegue a otro, una responsabilidad de la que se pueda estar orgulloso. La actividad de relleno, por bienintencionada que sea, transmite el mensaje contrario: tú estás aquí para que el tiempo pase, no para aportar nada.
Es una idea que pone el listón muy alto. Es más fácil diseñar una actividad bonita para que una tarde no se haga larga que montar una estructura donde el trabajo sea real, con sus exigencias y sus clientes de verdad. La Fageda tuvo que competir con multinacionales del yogur para que ese trabajo no fuera una ficción. Lo consiguió gracias al trabajo bien hecho. Montessori tuvo que rediseñar la escuela entera para que las tareas de sus niños tuvieran consecuencias auténticas. Ninguno de los dos buscó el atajo.
Colón explicaba que no aspiraba a "una buena vida", sino a "una vida buena", es decir, una vida con sentido. Una vida en la que se tengan razones para levantarse por la mañana. Y lo mismo que quiso para él, lo quiso para los demás.
Desde que se jubiló, en 2024, Colón dedicó buena parte del tiempo a escribir el ideario de La Fageda, porque sabía que los proyectos solo duran cuando sus principios se comparten y se pasan de una generación a la siguiente. Es lo mismo que hicieron Montessori y Makárenko cuando pusieron por escrito lo que habían aprendido con los niños que nadie quería. Las personas se van. Las ideas, cuando echan raíces y alguien se toma la molestia de contarlas bien, se quedan.



