Tocando la flauta en una escuela libre
Descubriendo el sonido de la flauta | LARA JARUCHIK

El protagonista del comic de Alan Moore V de Vendetta es V, del que apenas sabemos nada. Ni siquiera conocemos su rostro, ya que lo lleva siempre cubierto por una máscara. V perpetra sabotajes contra el estado totalitario en que vive. Una noche rescata a Evey, una joven que intenta ganarse la vida como prostituta, de las garras de unos policías corruptos. Y será a través de los ojos de Evey como iremos descubriendo, poco a poco, el mundo de V.

V vive escondido en un sótano donde custodia todos los libros, películas, obras de arte y música que ha logrado salvar de la quema. Allí se mezclan obras de Shakespeare con canciones de la Motown. Evey, que hasta entonces solo ha escuchado la música militar que ponen todo el día por la radio, se queda fascinada, no sabía que existiera nada así. "No podías saberlo -le dice V- Erradicaron la cultura como una rosa marchita."

Estas palabras hacen recordar aquellas de ese ministro de educación a quien debemos la LOMCE (aún vigente debido a la inestabilidad política). Wert tenía claro que hay asignaturas que es mejor eliminar, "porque distraen": las enseñanzas artísticas, la música, la filosofía... sí, todo aquello que V conservaba en su guarida. ¿Y de qué distraen? De lo que para él era verdaderamente importante: las competencias básicas en los ámbitos de lengua, matemáticas y ciencia que mide el informe PISA. ¿Es que para Wert la prioridad era salir bien en la foto? Probablemente, pero también, lo más seguro es que compartiera plenamente los objetivos de la OCDE, responsable de PISA, que tiene en cuenta la educación únicamente como herramienta al servicio de la economía (lo de cómo hemos acabado permitiendo que sea una organización económica y no la UNESCO quien marque las pautas de la educación a nivel internacional, lo dejamos para otro post).

Pero cabe también plantearse si este olvido de las humanidades es meramente utilitario (las horas de clase son las que son y no hay tiempo para todo) o si además busca relegarlas a las catacumbas. Distraerse significa entretenerse, pero también, si tenemos en cuenta su etimología, tiene que ver con la divergencia (dis-). Distraer (dis-trahere) es apartar la atención. Y si queremos "educar" ciudadanos que de críticos tengan lo justito, conviene que aparten la atención de las competencias básicas que les van a pedir en el trabajo? ¿que descubran que aparte de una vida cotidiana basada en producir y consumir hay otros mundos? Va a ser que no. Por eso, no es extraño que quienes olvidan que la educación debe ser mucho más que la preparación de mano de obra se olviden de la cultura.¿No sirve para nada y encima puede tener un carácter subversivo? Pues fuera. Por lo mismo, lo que sí que resulta realmente inquietante es que desde otras perspectivas que defienden una educación integral, se menosprecie la cultura.

¿Están presentes la filosofía o la música en las escuelas libres? Pues depende del proyecto, pero en muchos, sólo si los niños se interesan por el tema. ¿Y cómo se va a interesar una criatura por Beethoven, si ya no se le oye ni en anuncios de coches? Pues como en su casa no se escuche música clásica, difícil (y esta es la razón por la que hay voces que argumentan que la educación libre solo vale, si acaso, para quienes vienen de familias con un mínimo bagaje cultural). Se critica la sociedad de consumo, pero luego solo se hacen talleres de lo que tenga que ver con los intereses de los niños, que muchas veces, solo se interesarán por el manga o los monopatines... lo que han visto en los escaparates.

Hay proyectos de educación alternativa que se declaran apolíticos, mientras que otros entienden que por acción o por omisión todo es política, y que frente al ambiente hostil en el que están creciendo, es necesario dotar a las criaturas de herramientas que les ayuden a desenmascarar discursos manipuladores, o concienciarles sobre la importancia del feminismo y la ecología. Sin embargo, no entiendo bien por qué, se está dando menos importancia a la cultura, que algunos parecen ver incluso como algo sospechoso. Conservan todavía el espíritu de aquellos anarquistas que ponían bombas en el Liceo. Y es que durante mucho tiempo la cultura fue como un abrigo de pieles del que se hacía ostentación y que servía para diferenciarse de las clases bajas. Pero aquella época ya pasó. Hoy quien quiere fardar no presume de lo que sabe, de cómo valora lo que hacen otros, sino de las cosas carísimas que hace él, como escalar el Everest o comprarse una mansión. Nunca los ricos habían sido tan ignorantes.

Hoy la cultura sucumbe bajo el peso de su "inutilidad": todo lo que no tiene una aplicación práctica es visto con recelo. Por eso, los jóvenes comienzan a ser como Evey, muchos se quedarían pasmados si leyeran ciertos libros o escucharan composiciones que es imposible que conozcan. O tal vez les resbalarían: acostumbrados como están al ritmo frenético de las últimos estrenos de Hollywood, ponerles frente a un clásico es hacerles bostezar. Y ya, ni de casualidad pillarán ni a los hermanos Marx por la tele.

Y así, lo que a lo largo de los siglos se ha considerado valioso, transmitiéndose como legado de generación en generación, va cayendo en el olvido. Ni siquiera ha hecho falta que lo prohiban, o que hayan arrasado los museos (que están hoy más llenos que nunca, aunque la mayoría de los turistas que los visitan no sepan lo que están viendo) simplemente se le han puesto algunas trabillas. Lo más triste es que hayamos olvidado el carácter emancipador de la cultura, las luchas que nos precedieron por una educación de calidad para todos. Saber es poder, y es muchas cosas más. Bien lo saben los protagonistas del auge de los totalitarismos, que mantienen una actitud abiertamente antiintelectual. El conocimiento nos permite tener una visión global, no dejarnos manipular, disfrutar más del mundo... ¿cómo hemos podido olvidarlo?

Algunas escuelas libres ponen infinitos instrumentos al alcance de los niños, pero ninguno los toca, porque nunca ha salido de ellos una música que les haya conmovido -si acaso, han jugado a aporrearlos, pero se han aburrido pronto. Entiendo que muchas personas, traumatizadas después de haber pasado por el conservatorio, hayan acabado desertando de la música y no quieran nada parecido para sus hijos. Pero eso no significa que el solfeo lo cargue el diablo: bien enseñado permite avanzar en el aprendizaje, un elemento muy importante para mantener la motivación. ¿Cuántos peques hay que un día se interesan por la guitarra eléctrica y otro día por el jembé, sin llegar a profundizar en nada y al final aburridos de todo? La música, a partir de cierto momento, requiere esfuerzo, repetición, memoria. Palabras que parecen tabú en determinados ambientes. Creo que no tiene sentido obligar a alguien a hacer algo en contra de su voluntad, o culpabilizarle cada vez que comete un error. Pero también que gracias al trabajo de todos los que nos precedieron, hoy tenemos acceso a un legado que es un tesoro.

Parece que alternativo se asociara a hacer reset de todo, empezar de cero lejos de la civilización. Pero eso, aparte de imposible, ni siquiera es deseable. La cultura es el humus sobre el que crecemos. Cada generación lo remueve y salen de él cosas nuevas. Pero nada crece sin sustrato. Illich, que proponía la abolición de la escuela, desarrolló un pensamiento original porque poseía una vasta cultura, sin la cuál, es difícil articular algo que no sea un tópico. Su propuesta de crear tramas educacionales en las que compartir conocimientos la llevó a cabo en su vida. El CIDOC (Centro Intercultural de Documentación) del que fue cofundador, se convirtió en un espacio en el que intercambiaron reflexiones pensadores de la época como Paulo Freire o Erich Fromm. Aprendían mutuamente los unos de los otros y llegaban a nuevas conclusiones porque cada uno aportaba algo, porque no llegaban con las manos vacías.

No hay educación libre de condicionantes. Privar a los niños de ciertos conocimientos a propósito, ¿no es adultocentrismo? ¿No deberíamos dejar de lado nuestros complejos de adultos "muy escolarizados" y empezar a separar el grano de la paja? Sinceramente, de algunos proyectos me resulta agobiante la culpabilidad que pretenden arrojar sobre madres y padres, que parece que siempre debiéramos pensárnoslo dos veces antes de abrir la boquita. Son como un colegio de monjas antiguo, en el que siempre tuvieras que sentirte responsable de alguna falta (como mínimo, del pecado original). Se repite que tampoco es tan grave equivocarse, pero esto no parece aplicarse a los adultos. Falta espontaneidad, falta alegría -¿qué ejemplo estamos dando? Los niños son más fuertes de lo que nos creemos, y son capaces de filtrar, en buena medida, lo que les va bien y les interesa y lo que no. Pero encerrados en esa habitación blanca que parece defender el no directivismo a ultranza, no podrán interesarse por nada.

Entre seguir una línea en el suelo o caminar por el monte a nuestro aire hay un abismo. Pero ambas acciones requieren haber aprendido a andar. Lo mismo ocurre con la música, y con tantas otras cosas. Improvisar requiere haber aprendido antes los fundamentos de las escalas y tener muchas horas de vuelo. Ese conocimiento es el que da los recursos para poder tocar luego saltándonos la partitura de una manera gratificante. Y para poder tocar con otros y que de allí salga una melodía que nos diga algo, y no mero ruido. Es un lenguaje que como cualquier otro debemos conocer para que nos permita comunicarnos. 

Yo no quiero retirarme al bosque con una tribu a reinventar la rueda (y menos, junto a un gurú que me diga las exóticas terapias que tengo que hacer con él para convertirme en una buena madre). Los espacios públicos, los teatros, las bibliotecas, son tan nuestros como de todos. Si hay libros que nos interesan y no están en la biblioteca, pidámoslos. Si las fiestas de nuestro barrio no nos gustan, propongamos actividades que nos parezcan más motivadoras. Llevémoslas a cabo nosotros mismos. Que nuestros vecinos puedan ver que hay otra forma de relacionarse, de aprender y de divertirse. Si no dejamos de ver "alternativo" como impoluto y al margen de la sociedad, nos quedamos encerrados en nuestro gueto sin cambiar realmente nada.

En la época en que la Ley Wert fue aprobada, un grupo de profesores de un instituto de Madrid decidió rebelarse. Fuera de clase comenzaron a reunirse con sus alumnos para compartir con ellos todo lo que la nueva ley pretendía que les quedara oculto. Veían y comentaban películas, debatían sobre libros... Entendían que la cultura es un derecho que no podía quedar solo al alcance de quienes ya la tuvieran en casa, que no podían guardarse el mapa del tesoro. Que frente a la imposición de la ignorancia, era necesaria la insurrección.

También Nuccio Ordine, en el manifiesto La utilidad de lo inútil, llama a la revuelta:

Sólo el saber puede desafiar una vez más las leyes del mercado. Yo puedo poner en común con los otros mis conocimientos sin empobrecerme. Puedo enseñar a un alumno la teoría de la relatividad o leer junto a él una página de Montaigne dando vida al milagro de un proceso virtuoso en el que se enriquece, al mismo tiempo, quien da y quien recibe.

No hay razón para que la rebelión sea jamás olvidada.